”Wenn ich ins Bett ging, gab es immer ein Monster darunter.”
”Wenn ich ins Bett ging, gab es immer ein Monster darunter.”
Quieres un xilófono en las manos; verde, grande y de color rosa. No tienes claro por qué, pero qué más te da. Correrás a través del morisco bazar hasta encontrarlo sin importar cuántas vueltas des al mismo puesto de ciruelas. El dependiente te escanea, pero él no comprende tu empeño.
El perro encoge hasta convertirse en un pomerania si lo bañas.
Algo muy cómodo. Hoy es domingo, naní.
Lo carroñero del momento a quien las diferentes etnias atacan sobrevuela sin levantar sospechas.
Vuela, camina y ladra.
Y pasa desapercibido.
Vivimos rodeados de mierda humana. Excrementos que apartamos e intentamos ignorar, pero que huelen.
Surcando el pasillo vemos un menhir de mierda y hacemos como que no está. Vamos del dormitorio a la cocina y de la cocina al salón ignorándola.
Los excrementos de toda la familia arrinconados en las esquinas del pasillo; vivimos con ello, pero cuando llegan las visitas disimulamos y fingimos que nos damos asco.
Lo especialmente aparatoso del jardín es apreciar dónde termina la esfinge al cálculo y dónde empieza el fulgor eclíptico de la quema de hojas. Por lo demás, es un lugar musicalmente armónico y de espaciosa redondez en el que nos está permitido sollozar, ruidar y morder.
Son cuatro los grandes almacenes que lo dividen: el sótano, lleno de humus; la caldera de marras y el salón de fumar amarillo de estilo bizantino, adornado con cueros y medallas en el techo vegetal.
La estatua del centro es esta:

No hay fuente ninguna.
Siempre puede llegar el vecino de arriba, el abuelo de los putos gemelos que no paran de correr y gritar, porque no sabe rellenar un maldito impreso para la subvención de la obra de la fachada. Un completo imbécil alentándole al suicidio que no se puede permitir porque estropearía la maldita fachada en obras que llevaba esperando cincuenta años una subvención para que no se cayese y matase a los viandantes.
Hemos matado a mi padre.
El anacoreta chilla con su aplastante silencio una llamada de socorro.
Preparado para evacuar el alma.
Necesita rascar el fondo con las uñas;
olfatear la ceniza de la desesperación;
congelar al relojero.
El pobre ermitaño hace una llamada desesperada de auxilio, un estímulo para la atención.
La criogenización es una alternativa más que se abre al morir.
Son las treceysetentaydós en la clase del desnorte. En el pupitre del dodo, del maldito añadodo envuelto en humo que no sabe si venden pinceles enfrente de casa, pero confía en que tendrá suerte. Pobre imbécil.
